
Según la Teoría de los Mercados Eficientes, los activos en general (y los activos financieros en particular) reflejan en su valor toda la información que de ellos se encuentra disponible en el mercado. Esa información, como sabemos, está al alcance de millones de personas alrededor del mundo y, por lo tanto, sería prácticamente imposible que pudiéramos beneficiarnos con grandes variaciones en el valor de esos activos.
La realidad, por el contrario, es bien distinta. Si seguimos a diario las cotizaciones, permanentemente nos encontraremos con activos que suben de precio de manera irracional (así es como se forman muchas burbujas) o bien que caen en su cotización, también, de manera irracional (empresas que pasan a valer la mitad en un período de un año, sin haber disminuido su nivel de ganancias).
Esto, que parece no tener explicaciones, obedece a dos causas: la primera tiene que ver con la existencia de especuladores en los mercados, y la segunda (y más importante) con el hecho de que los mercados en general se mueven por las expectativas de ganancias futuras de las empresas. Es así, entonces, como muchas acciones de numerosas compañías terminan estando sobrevaluadas o subvaluadas. Por el exceso de expectativas, ya sean de tipo positivo o negativo. Y es precisamente en este punto, en estos vaivenes emocionales de los mercados (nunca olvidemos que un mercado no es otra cosa que un conjunto de personas) que, eventualmente, podremos encontrar las grandes oportunidades que harán la diferencia en nuestra carrera como inversores.
En estos casos, como siempre, deberemos evaluar en qué momento del ciclo económico nos encontramos. Por ejemplo, si estamos en el comienzo de la desaceleración de un largo ciclo de crecimiento (en cuyo caso deberemos seguir esperando) o si, por el contrario, estamos en el fin de un ciclo recesivo con claros signos de reactivación.
En síntesis: los mercados se mueven al ritmo de dos grandes pasiones humanas: codicia y miedo. La codicia lleva el precio de muchos activos a las nubes. El miedo, por el contrario, puede dejar esos mismos valores por el piso. Estará en nuestra inteligencia como inversores, entonces, saber cómo beneficiarnos de esos extremos.
La realidad, por el contrario, es bien distinta. Si seguimos a diario las cotizaciones, permanentemente nos encontraremos con activos que suben de precio de manera irracional (así es como se forman muchas burbujas) o bien que caen en su cotización, también, de manera irracional (empresas que pasan a valer la mitad en un período de un año, sin haber disminuido su nivel de ganancias).
Esto, que parece no tener explicaciones, obedece a dos causas: la primera tiene que ver con la existencia de especuladores en los mercados, y la segunda (y más importante) con el hecho de que los mercados en general se mueven por las expectativas de ganancias futuras de las empresas. Es así, entonces, como muchas acciones de numerosas compañías terminan estando sobrevaluadas o subvaluadas. Por el exceso de expectativas, ya sean de tipo positivo o negativo. Y es precisamente en este punto, en estos vaivenes emocionales de los mercados (nunca olvidemos que un mercado no es otra cosa que un conjunto de personas) que, eventualmente, podremos encontrar las grandes oportunidades que harán la diferencia en nuestra carrera como inversores.
En estos casos, como siempre, deberemos evaluar en qué momento del ciclo económico nos encontramos. Por ejemplo, si estamos en el comienzo de la desaceleración de un largo ciclo de crecimiento (en cuyo caso deberemos seguir esperando) o si, por el contrario, estamos en el fin de un ciclo recesivo con claros signos de reactivación.
En síntesis: los mercados se mueven al ritmo de dos grandes pasiones humanas: codicia y miedo. La codicia lleva el precio de muchos activos a las nubes. El miedo, por el contrario, puede dejar esos mismos valores por el piso. Estará en nuestra inteligencia como inversores, entonces, saber cómo beneficiarnos de esos extremos.


